jueves, 22 de enero de 2015

Historias de vida

El Master en Profesor de Educación Secundaria me ha permitido, además de formarme como futura docente, conocer la realidad de los centros educativos. Los institutos tienen una atmósfera cargada de potencial y dificultades, y no solamente son el continente, sino también el contenido, son todas aquellas personas que día a día crecen y se desarrollan juntas. Me refiero tanto a profesores como a alumnos, todos aprendiendo unos de otros y con diferentes caminos que los han llevado a conflluir en ese mismo lugar, a la vez.

Pues bien, dentro del Master he tenido la oportunidad de ahondar en el camino que me ha llevado hasta la docencia. He podido también reflexionar sobre mi propia etapa de estudiante, lo que me ha permitido ponerme en la piel de mis alumnos más fácilmente y empatizar con ellos.

 En clase tuve la oportunidad de acceder al material autobiográfico producido por Lirios Jordà, una ilustradora que comparte conmigo el gusto por la enseñanza y la idea de que la educación plástica es un medio para ayudar al desarrollo de la persona en todos los aspectos.

Como he dicho, Lirios y yo intercambiamos nuestros textos, y cada una leyó la autobiografía de la otra. Ambas encontramos en nuestras historias más puntos en común de los que esperábamos: tenemos la misma edad, 26 años, y las vivencias y nuestros recuerdos de la etapa escolar son parecidos. También encontramos la conexión de los hechos narrados por ambas con momentos históricos y culturales, situaciones políticas y posicionamientos educativos.Quizá todas estas coincidencias hayan propiciado que acabásemos coincidiendo también en este punto de nuestras vidas. 

Ambas asistimos a un colegio religioso concertado en el que predominaba la clase media y estudiamos bajo el marco de la LOGSE. La educación de ambas comenzó con una metodología inadecuada, y se caracterizó por una falta de aptitud para la docencia por parte de los profesores y un entorno educativo muy cerrado, con mucha presencia de las familias del alumnado tanto en el profesorado como en la dirección del centro. Además, ambas cambiamos el colegio al terminar 4º de la ESO para cursar el Bachillerato en un instituto público.

A continuación incluyo mi propia autobiografía durante mis años de escuela, y un relato de los que Lirios pasó en la suya.

REFLEXIÓN AUTOBIOGRÁFICA 

Soy María Isabel Pérez y tengo 26 años. A día de hoy, he terminado la carrera de Arquitectura y he realizado un Máster en urbanismo. Podría decir que, aunque he logrado alcanzar todas las metas que me he propuesto académicamente, el camino no ha sido nada fácil. Ha habido momentos en los que he querido echarlo todo por la borda y abandonar, y otros momentos de dulce euforia ante los logros conseguidos durante el transcurso de mi vida académica.

Vengo de una familia de profesores, así es que desde siempre he estado inmersa en las tribulaciones del docente. Mi abuelo y mi tío son profesores de Formación Profesional, de Artes Gráficas. Mi madre era profesora de Biología. Tuvo que emigrar a otra ciudad cuando yo era pequeña para poder dar clases, porque aprobó las oposiciones y la mandaron allí. Después de muchos años le dieron el traslado al IES Pere Boïl de Manises. He visto a mi madre corregir exámenes y preparar clases hasta altas horas de la noche, la he visto preocuparse por alumnos problemáticos y sufrirlos para dar clase…

Comencé la educación primaria en el año 94, en el marco de la LOGSE, que estuvo vigente hasta que terminé mis estudios universitarios. Mis padres eligieron un colegio concertado y católico, La Purísima, dirigido por las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada. Querían que tuviera una educación basada en esta fe.

Mis amigas, profesores  y yo en 6º de Primaria.
Desde pequeña despunté en algunas habilidades: comencé a hablar y a leer antes que los otros niños, y en clase no tenía ningún problema para alcanzar de sobra los objetivos que se me marcaban. Esta etapa estuvo muy condicionada por la ausencia de mi madre, que había tenido que irse a trabajar a otra ciudad. Yo me quedaba con mi padre y mis abuelos, y la echaba mucho de menos, estaba esperando a que llegara el fin de semana para poder verla.

Recuerdo que en los patios siempre jugaba con mis compañeros a algún juego que implicaba ejercicio físico, como a pillar, y volvíamos a clase empapados en sudor y sin mucha concentración. Tenía un grupo de amigas, éramos 5: Patricia, que era vecina mía, Sandra L., Sandra B., Clara y yo. Siempre estábamos contándonos confidencias, quedábamos en el parque al salir de clase y nos ayudábamos mutuamente si teníamos algún problema en clase.

Además, mi madre me apuntó al conservatorio de música, y al salir de clase tenía clases allí. Tocaba la flauta travesera. Al principio me resultaba muy difícil, pues yo no sabía nada de música, no tenía ningún familiar que me pudiese orientar, pero lo iba compaginando. No me gustaba nada la sensación de tener que ir a esas clases que no eran obligatorias. Me preguntaba por qué ninguno de mis compañeros tenía que pasar por aquello y yo sí. Llegué a odiar la flauta, no sabía valorar lo bueno que aquello era para abrirme los esquemas mentales y aprender algo distinto que me abriera también puertas. Con los años he sabido apreciar el esfuerzo que hicieron mis padres al apuntarme.

Cursé toda la ESO en el mismo colegio. Cuando pasé a primero, me cambiaron de compañeros de clase. A mis amigas las pusieron juntas en la misma clase, y a mí me segregaron. Aquello me forzó a hacer nuevas amigas y perdí la relación con las primeras. Al principio me sentí descolocada, todo era nuevo: los profesores, las materias, mis compañeros… Fue duro.

No obstante, mis resultados académicos eran muy buenos. Tenía mucha moti­vación e interés. Me ponía muy nerviosa cuando tenía pruebas de evaluación, hasta entonces no lo había estado, o no hasta esos límites. Este nerviosismo me ha perdurado hasta hoy en día, y lucho constantemente contra él.

En cuanto a los métodos de enseñanza del colegio, ahora veo lo obsoletos que estaban. Tenía profesores con manías que yo no entendía, como mi profesor de Lengua y Literatura, José Luis, que no permitía que tachásemos nada ni que lo borrásemos con Tipex, obligándonos a arrancar páginas enteras cuando nos equivocábamos y a volverlas a repetir. Nos castigaba sentándonos cara a la pared y recogiendo papeles de la clase, aunque eso no ayudaba a que modificásemos nuestro comportamiento.

Mi tutora tampoco sabía ayudarme con la ansiedad que me generaban los exámenes, acrecentándola con notas a mis padres y culpabilidad. De esta época puedo sacar muy buenos ejemplos de qué profesora no me gustaría ser.

La única profesora que me gustaba era la de Biología, no recuerdo su nombre, pero hacía la asignatura fácil de seguir y amena, ya que no nos ponía normas descabelladas que no entendíamos y se adaptaba bastante bien a nuestro ritmo de aprendizaje.

Todo esto lo seguía compa­ginando con el conservatorio, que seguía sin gustarme y al que dedicaba el tiempo justo, pues siempre he dado prefe­rencia a mi educación obliga­toria. También iba a una academia de inglés después de clase, cosa que no me suponía ningún esfuerzo y que me sirvió de gran ayuda, facilitándome mucho el aprendizaje del idioma. 

Cuando llegué a tercero de la ESO, sufrí un cambio hormonal, y toda mi vida se puso patas arriba. Comencé a enamorarme, y lo hacía de los peores chicos de mi clase. Mi colegio, pese a ser católico y concertado, se encuentra junto al barrio de La Luz y la Fuensanta, que son de clase baja. Tenía compañías en clase poco recomendables, y estas eran las que más me atraían.

Me esforzaba mucho, dedicaba mucho tiempo en casa a preparar las asignaturas y estudiar. Pero en clase me sentaba en las últimas filas y me relacionaba con estos chicos, que a la hora del recreo se iban a los baños a fumar, y que eran expulsados cada dos por tres.

Eso no me impedía ser de las primeras de mi curso. Incluso me dieron un premio de un concurso de matemáticas, al que mi colegio se presentó, eligiendo como participantes a los mejores alumnos, entre los que yo me encontraba. El concurso lo patrocinaba el colegio Guadalaviar, también de Valencia, pero podían participar alumnos de toda España. Quedé segunda. Jamás olvidaré la sensación de ir a recoger el premio, ya que mi profesor de matemáticas no tenía mucha fe en mí por las compañías que frecuentaba.

En este periodo me di cuenta de que me gustaban especialmente las matemáticas y la física, y también la plástica y las artes. Creo que el desarrollo de mi gusto por las artes ha venido condicionado por mi educación musical.

En cuarto de la ESO las relaciones con mis compañeros de clase se hicieron un poco tensas. Había mal ambiente en general, no solo en lo que se refiere a mí. La mayoría de mis compañeros eran hijos de gente a la que le gustaba aparentar un status social que no tenían. Se involucraban mucho en la vida académica para intentar beneficiar como pudieran a sus hijos, que en muchos casos no estaban hechos para estudiar.

Como consecuencia de esto, y debido también a que era necesario que compaginara las clases con el Conservatorio, al llegar al Bachillerato, con 16 años, me cambié al IES Barri del Carme. Mi antigua tutora me pidió que no abandonara el colegio, ya que me consideraban muy buena alumna.
 
Cuando comencé el instituto, mi vida cambió. Era mucho más feliz, de hecho, me atrevo a decir que fue una de las mejores épocas de mi vida.

Mis compañeros del IES Barri del Carme y yo en el puerto de Valencia.
Mi instituto estaba integrado con el Conservatorio, además se encontraba cerca. Cuando terminaba las clases propias del Bachillerato, comenzaba con las del Conservatorio. Muchos días me quedaba a comer allí, acababa muy cansada, pero merecía la pena. En esta época me sentía orgullosa de poder estudiar música y aprender un instrumento, quizá porque lo veía más normal, ya que mis nuevos compañeros también lo hacían. No obstante, las asignaturas del instituto tenían prioridad para mí.

Pronto empecé a despuntar por mis buenas notas, cualidad que, si bien en mi antiguo colegio era motivo de mofa y burla, aquí era motivo de admiración. Es por esto que no me costó hacer nuevos amigos. Como no éramos muchos en clase, formamos una gran familia. Hice muy buenos amigos que he conservado hasta la actualidad.

La relación con los profesores también era distinta de la de mi anterior colegio. Eran cercanos y se involucraban mucho en mi formación. Mi madre se puso enferma por aquel entonces, y mi profesora de Matemáticas me invitó a comer a su casa y se ofreció para ayudarme en todo lo que pudiera. Mi profesor de Educación Física me recomendó comprarme determinada ropa deportiva para que mi espalda no sufriera, consejo que, hasta entonces, ninguno de mis profesores de esa asignatura se había molestado en darme.

Creo que en esta época aprendí lo que es un buen profesor. Bueno, ya lo sabía porque lo había visto en mi casa, pero durante esta etapa, lo viví. Estas personas tenían una dedicación y buen saber hacer ejemplares. Sabían tratar a cada uno de sus alumnos como requerían en cada momento, según sus necesidades, y también se preocupaban por nosotros, aunque no fueran nuestros tutores. Estaban involucrados no solo en nuestra educación, sino en nuestro desarrollo personal y bienestar.

Recuerdo con especial cariño el viaje de fin de curso de primero de Bachillerato, en el que fuimos a Boí Taüll, a esquiar. Fue divertidísimo, y allí sucedieron anécdotas que hoy en día todavía cuento de manera recurrente. Nos hicimos todos más amigos y aprendimos un poco a convivir.
Mis compañeros del IES Barri del Carme y yo en un viaje a la nieve.

Segundo de Bachiller coincidió con un cambio de ciclo en el Conservatorio. Este cambio de ciclo suponía más horas de clase, y se me hizo imposible compaginar las dos cosas. Por tanto, tomé la decisión de abandonar el Conservatorio.

Terminé el Bachillerato e hice la Selectividad, con una nota media de 9,4 y matrícula de honor, que me permitió matricularme gratis el primer curso de Arquitectura. Elegí esta carre­ra siguiendo mi vocación, que había encontrado años atrás. Me di cuenta de que mucha gente de mi clase tenía familiares arquitectos y habían recibido una forma­ción previa en dibujo y arte, que yo no tenía. Por tanto, me volví a sentir perdida.

En la Universidad se daba por sentado que tenías unos conocimientos que no te habían dado en tu formación anterior. Yo había estudiado dibujo técnico, pero no tenía ni idea de arte… En primero de carrera aprendí a dibujar, ya que teníamos dos asignaturas muy importantes de dibujo, pero hasta entonces, nadie me había enseñado. Pese a saber quería estudiar Arquitectura desde que tenía 14 años, nadie se había molestado en prepararme o formarme para lo que me aguardaba. He echado de menos haber encontrado a alguien en mi trayectoria que se hubiera molestado en prepararme y encaminarme hacia la arquitectura, mi gran pasión.

Digamos que yo siempre he tenido la imagen del profesor, del buen profesor, como una persona totalmente entregada a su profesión, la cual sería incapaz de desarrollar sin vocación y entrega. Hasta hace pocos años pensaba que yo no era capaz de hacer algo así, que se requería demasiado sacrificio. Pero al madurar he descubierto que, a pesar de tanto esfuerzo, es una profesión que da grandes satisfacciones al ver materializados en tus alumnos los resultados del trabajo bien hecho. Si lo haces bien, puedes ayudarlos no solo a ampliar sus conocimientos, sino a crecer y desarrollarse como personas.

RELATO DE VIDA DE LIRIOS JORDÀ

Lirios Jordá Bou nació el 31 de octubre de 1988 en Alcoy. Su infancia fue un periodo feliz, con las tribulaciones y distracciones propias de la edad.

Lirios hace ilusitraciones e historias y es licenciada en bellas artes y tecnico superior en ilustracion. Actualmente vive en Valencia y ha centrado su trabajo en el album infantil ilustrado, aunque sus ilustraciones se han utilizado en muchos otros ámbitos como carteles, material didáctico y merchandising.

A pesar de las preferencias de su familia por una educación aconfesional, sus  padres dieron prioridad a la comodidad que da la proximidad al domicilio familiar que la ideología a la hora de elegir centro de estudios. Como resultado fue a un colegio concertado “religioso pero progresista”. Este colegio era el Colegio San Roque de Alcoy.

A este colegio asistía también gente con recursos limitados, que tenían una cultura y actitudes que mucho distaban de las deseables para un clima educativo adecuado. Esto sucedía porque, al ser un colegio concertado, era una opción barata y la gente de su barrio lo elegía por los mismos motivos que lo habían hecho sus padres. 

Su hermano iba seis años por delante de ella, y esto tenía la ventaja de que era el encargado de probar la idoneidad de las enseñanzas recibidas. No obstante, había una diferencia entre los dos hermanos, y es que hubo un cambio de legislación en lo que Lirios recorría el camino que ya había andado su hermano: a partir de 1990 entró en vigor la LOGSE, derogando la Ley General de Educación de 1970.
 Otro cambio fundamental que se llevó a cabo en esos seis años y que determinaría el cáriz de la educación de Lirios está relacionado con el carácter confesional del centro: cuando ella entró, las monjas que lo dirigían se habían ido, aunque el colegio continuaba impartiendo una educación basada en la religión católica.
 Esta etapa de la educación y el desarrollo personal de Lirios estuvo marcada por la ausencia de su madre durante la mayor parte del día, ya que trabajaba de noche y no estaba presente cuando ella se levantaba ni cuando se acostaba. Esta ausencia hacía que Lirios se comparase con los otros niños y sintiese su situación como anómala, lo que causó conductas depresivas, como ir llorando al colegio.

A los ocho años comenzó a compaginar sus estudios con la práctica de la gimnasia rítmica. A este respecto, Lirios afirma que, aunque sentía que realizaba más esfuerzo que sus compañeros de clase, estaba contenta con la oportunidad de realizar esta actividad.

Lirios siguió estudiando en el mismo instituto durante la enseñanza secundaria. Al comienzo de esta etapa notó que las familias de los estaban muy involucradas en el proceso educativo. Esto daba lugar, entre otras situaciones, a que los padres de varios de sus compañeros resultaran ser también sus profesores.

Los métodos de enseñanza de estos profesores resultaban ser más que cuestionables: “fichas para rellenar, imágenes para copiar… ¡y el trabajo de puntillismo!, de esa tortura sí que me acuerdo”.

Cuando pasó a segundo de la ESO, su posición dentro de la estructura social del colegio cambió: pasó de pertenecer a los mayores de la zona en la que se encontraba a otra en la que pertenecía al curso de los más pequeños. En este momento comenzó a desagradarle el uniforme que debía llevar en esta etapa.
Dentro del periodo formativo que va de 2º a 4º de ESO, Lirios recuerda especialmente a los profesores que le marcaron positivamente por sus métodos e implicación en el proceso de enseñanza, y a los que considera ejemplos negativos de docencia. Esta selección responde a un análisis y reflexión que ella misma quiere hacer sobre la enseñanza, con la finalidad de que la ayude a definirse como profesora.

El ejemplo que ilustra mejor esta dicotomía se encuentra en sus profesores de inglés (lengua que en este país siempre ha sido una asignatura pendiente en la educación, valga la redundancia): por una parte tenía un profesor, César, que carecía de los conocimientos necesarios para dar clase de esta materia y de capacidad para implicar y motivar al alumnado. Por otra parte, al año siguiente, recibió clases de Juanmi, un profesor que, con métodos innovadores y un poco excéntricos, dejó una huella imborrable en Lirios. Esto la lleva a concluir lo siguiente:

“Evitaré a toda costa transmitir la inseguridad que transmitía César cuando intentaba enseñarnos inglés. Si en algún momento me veo obligada a impartir una asignatura en la que no soy experta, me aseguraré de poder formarme correctamente antes de transmitir mis conocimientos.”

De hecho, fue Juanmi el que, cuando comenzaron las manifestaciones contra la invasión de Irak en 2003 (estando Lirios en cuarto de la ESO), convocó una en el patio del colegio. También colgaron una pancarta en la fachada para expresar su repulsa. Todos estos recuerdos han hecho que Lirios tenga ganas de escribir a su profesor para contarle que en la actualidad lo está tomando como referente. Según afirma, “cuanto más loco está un profesor, más aprendes con él”.

Al terminar cuarto de la ESO, Lirios abandonó su colegio para cursar el Bachillerato en un instituto público. Esto se debió no sólo a que en su colegio no había la posibilidad de cursar estos estudios, sino por abandonar las connotaciones religiosas que tenía allí la educación. En este mismo instituto cursó también un ciclo formativo, quedando muy contenta con los resultados, pues el nivel era más alto que el que luego recibió en la Facultad de Bellas Artes.
De toda este periodo de su formación, Lirios concluye que su colegio fue un buen lugar en el que crecer y hace un balance positivo tanto del lugar como de sus profesores. Un lugar en el que sus experiencias, buenas y malas, la han llevado a ser la artista que es hoy y tener el potencial para llegar a ser una buena docente mañana.

Aquí incluyo algunas ilustraciones de Lirios para que la podais conocer un poco mejor a través de su trabajo: